El Árbol del Durazno y la Memoria Familiar: Cómo los Recuerdos Echan Raíces en Nuestra Vida

Un encuentro inesperado con tres duraznos frente a la casa de mi hijo reavivó la historia de mis abuelos, mi infancia y todo lo que permanece aunque el tiempo avance.


El jardín donde empezó todo

Como cada fin de semana, llegaba con mis padres y mi hermana a la casa de mis abuelos. Era una casa pequeña, sencilla, el tipo de casa que un ama de casa y un vendedor de seguros pueden costear. Una casa donde seis personas vivieron con un solo sueldo y con el orgullo de haber pagado cada ladrillo. Tenía cochera, jardín, alfombra en la sala, dos pisos y una cocina con un teléfono de cable largo que permitía cocinar y hablar al mismo tiempo.

Ahí crecieron los cuatro hijos de mis abuelos ―entre ellos mi papá―, y ahí llegamos mi hermana y yo como las primeras nietas. Después llegaron mis primos y primas, esa familia que acompañó mi infancia y que sigue llenándome el corazón ahora que soy madre de tres hijos.

Mi infancia transcurrió rodeada de mis primos y mi hermana, bajo el cuidado de los abuelos y las tías, quienes se las ingeniaban para que los niños no necesitáramos más aventuras que las que cabían dentro de la casa familiar y del parque a una cuadra de distancia.

Fue en ese jardín donde pasé horas enteras. Dos columpios de madera colgados de una estructura metálica roja esperaban siempre pacientes. A un lado, la higuera daba una sombra suave, y en el extremo opuesto del pequeño jardín se levantaba el árbol del durazno, el mismo que cada año rebosaba sus ramas de frutos rosados y jugosos.
La higuera y el durazno eran el orgullo de mi abuelo. Nunca pregunté por qué un durazno; quizá fue su flor rosada, o la piel suave del fruto, o el simple deseo de tener un árbol frutal en casa. De mi abuela recuerdo tantas cosas que supongo que, por reparto inconsciente, los árboles se los cedí a él.

Un durazno en la puerta de mi hijo

Hoy, a mis 48 años, me encontré con otro durazno. No en un recuerdo, sino en el jardín del departamento donde vive mi hijo mayor, ya universitario.

No lo había notado: exactamente frente a su puerta están sembrados tres duraznos.
Bruno lleva meses viviendo ahí, pero apenas ahora, al ver las primeras flores rosadas, supe que eran duraznos. Y mi memoria, sin pedir permiso, regresó a esa casa, a ese jardín, a mis abuelos.

Sentí como si ellos se hicieran presentes de nuevo en la vida de mi hijo y en la mía.
Pregunté al jardinero cuánto tiempo llevaban esos árboles ahí. Me dijo que a la dueña se los regaló un señor que vendía plantas en la acera, y ella los plantó frente a la puerta del departamento de mi hijo. Justo ahí. No otro árbol, le regalaron duraznos.

No sé si a estas cosas le podamos llamar coincidencias, pero sí estoy convencida de que son señales. Creo en hilos invisibles. Creo en las formas suaves en las que la vida nos recuerda de dónde venimos y qué es lo importante.

La memoria que florece

Este fin de semana estuvimos todos reunidos:mis primos, mis tíos, mis hijos
Solo faltaban mis abuelos. Se fueron demasiado pronto, pero siguen presentes en todos los miembros de la familia que formaron.

Pienso en mi abuela: su cabello negro, su figura esbelta, su feminidad y su fortaleza, la dulzura de sus caricias y su generosidad.
Pienso en mi abuelo: fuerte, sonriente solo para los suyos, cariñoso con sus nietos, amoroso con su esposa. Fueron luz mi luz y de muchas formas lo siguen siendo; todavía hacen cosquillas en mi memoria cuando pienso en ellos.}

Si pudiera decirles algo hoy sería gracias, gracias por tanto amor, por tantas risas y caricias, por llenar la infancia de una niña con sonrisas y momentos inolvidables.Gracias por que los sigo sintiendo vivos junto a mi y porque me enseñaron que lo que se mantiene siempre vivo es cómo hiciste sentir a los demás con tu presencia. 

Cuánta vida ha pasado desde entonces, cuántas versiones de mí han nacido y muerto, cuántos caminos he recorrido…
Y aun así, mis abuelos, esa casa, esos columpios y ese durazno siguen en mi corazón.

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