Cuando todo parece estar en su lugar… pero tú no
En las festividades del 10 de mayo no decimos lo que nos desconecta de nosotros la maternidad. Hoy hablaremos de eso.
Hay una versión de nosotras que hace todo “bien”.
Cumple. Avanza. Responde.
Se ve fuerte, organizada, incluso admirada.
Desde fuera, no hay mucho que cuestionar.
Desde dentro, empieza a sentirse distinto.
No es un quiebre.
No es una crisis evidente.
Es algo más silencioso, casi nadie lo nota.
Así se siente cuando te alejas de ti sin darte cuenta.
Es esa sensación de estar en movimiento…
pero sin dirección propia. Sigues a todos y a todo.
En el 2001 terminé mi carrera profesional.
Llevaba ya tres años trabajando.
Había sido cofundadora de una revista, dirigido un programa nacional de prevención del alcohol, salido en televisión y tenía sobre la mesa la oportunidad de ser conductora de radio.
Tenía amigos, familia, dinero.
Y sí, me sentía bella… porque lo era.
¿Quién no lo es a los 22 años?
Entré a la maestría en la Universidad Anáhuac en Interlomas.
Conseguí trabajo ahí mismo casi de inmediato.
Tenía talento.
Había sido buena estudiante.
Sabía responder.
Todo seguía avanzando.
Y, sin embargo, algo empezó a moverse.
No de forma evidente.
No lo suficiente como para detenerme.
Era más bien una desconexión sutil.
Dejé de preguntarme qué quería.
Empecé a responder a lo que seguía.
A lo que tocaba.
A lo que se esperaba.
A lo que encajaba.
Y eso, con el tiempo, pesa.
Porque puedes construir una vida completa…
sin darte cuenta de que no es tuya.
Reconocí que me perdí pero no sabía que al llegar mis hijos se abriría una brecha aún mas grande (temporal) entre mi centro y yo.
La desconexión silenciosa
Lo que vivía en ese momento no es extraño, tiene explicación, pero no lo sabía y no lo reconocí.
Desde la psicología humanista, Carl Rogers lo describe como una incongruencia interna: una distancia entre lo que una persona experimenta realmente y lo que muestra o construye hacia afuera (Rogers, 1961).
Cuando esa distancia se mantiene en el tiempo, aparece una sensación de vacío, de falta de autenticidad, incluso cuando la vida “funciona”.
Esta desconexión personal no siempre se nota desde fuera.
Pero dentro, empieza a pesar.
En la maternidad, esta distancia puede intensificarse.
Diversas investigaciones han observado que, después de convertirse en madres, muchas mujeres atraviesan una reorganización profunda de su identidad, donde el enfoque hacia el cuidado de otros puede desplazar el contacto con sus propias necesidades (Nelson et al., 2014).
Dana Raphael nombró este proceso como matrescencia: una transición que no solo implica cambios físicos, sino psicológicos, emocionales y sociales.
No ocurre como una pérdida evidente.
Ocurre como una reconfiguración silenciosa.
El bienestar deja de estar centrado en una misma
y empieza a depender, en gran medida, del bienestar de otros.
Desde la teoría de la autodeterminación, desarrollada por Edward Deci y Richard Ryan, el bienestar psicológico se sostiene cuando las decisiones nacen de la autonomía, la competencia y la conexión (Deci & Ryan, 2000).
Cuando estas dimensiones se ven limitadas —como suele ocurrir en etapas de alta demanda de cuidado de los hijos, y luego de los padres— el sentido de dirección personal puede debilitarse.
En este contexto, la desconexión no es un error. No es que estés rota.
Es una consecuencia.
Por eso, muchas veces no se reconoce de inmediato.
Se manifiesta como cansancio que no se resuelve con descanso. Enojo.
Como una incomodidad difícil de nombrar.
Como la sensación de estar para todo… menos para una misma.
Puedes llenarte de logros (como a mi me pasó)
y aún así sentir que algo no termina de acomodarse.
Puedes sostener conversaciones, proyectos, decisiones…
y en ningún momento detenerte a ver si estás ahí.
Cuando avanzar ya no se siente como elegir
Alejarte de ti no siempre se siente como perderte.
A veces se siente como seguir.
Como cumplir.
Como avanzar sin fricción.
Como hacer lo correcto… una y otra vez.
Hasta que un día, sin saber exactamente cuándo pasó,
te das cuenta de que llevas tiempo sin escucharte.
Lo que en algún momento fue una forma de avanzar,
puede convertirse en una forma de desconectarte.
Volver no es romper
No hay culpa en eso.
Hay contexto.
Hay historia.
Hay una forma en la que aprendimos a estar en el mundo.
Pero también hay un punto en el que empezar a mirar.
No hacia afuera.
Hacia adentro.
No para romper todo.
Para reconocerte.
En los textos clásicos del yoga, el conocimiento más profundo no está en lo que construyes afuera, sino en la capacidad de observarte con claridad (Easwaran, 2007; Feuerstein, 2003).
No se trata de dejar la vida que construiste.
Se trata de volver a tener claridad dentro de ella.
El regreso
Volver a ti después de vivir en automático no ocurre de golpe.
Es un proceso.
Empieza en momentos pequeños:
Cuando eliges detenerte antes de responder.
Cuando notas lo que sientes, aunque no lo digas.
Cuando algo deja de sentirse alineado… y lo reconoces.
Esa versión de ti que hizo todo bien
no estaba equivocada.
Solo estaba respondiendo desde lo que sabía en ese momento.
Tus elecciones pasadas son un mapa.
Y cuando lo miras completa,
empiezas a entender por qué llegaste hasta aquí…
y decides qué quieres hacer con eso.
Porque no se trata de borrar lo que has sido., -ni se puede-.
Se trata de usarlo a tu favor.
¿Qué puedes sacar de provecho de haberte perdido al ser mamá? Saber por donde podrían transitar tus hijos, buscar tus herramientas y acercarlas a ellos.
Fuentes
- Rogers, C. (1961). On Becoming a Person.
- Deci, E. L., & Ryan, R. M. (2000). Self-Determination Theory and the Facilitation of Intrinsic Motivation.
- Easwaran, E. (2007). The Upanishads.
- Feuerstein, G. (2003). The Deeper Dimension of Yoga.